“Cuando el Estado se hace a un lado, las asimetrías en ciencia y salud se ahondan”

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En el marco del IX Encuentro de Investigadores/as, Becarios/as, Ayudantes y Tesistas de la Patagonia Austral (9 EIPA), la reconocida periodista científica Nora Bär compartió en el campus universitario de la UNPA-UARG su conferencia magistral titulada “Detrás de las noticias… Científicas: Comunicar ciencia en tiempos de posverdad”.

Con más de 40 años de trayectoria, Bär es célebre por su desempeño como editora y columnista en medios como La Nación, El Destape y C5N, además de formar parte de la Red Argentina de Periodismo Científico.
Previo a su disertación, conversó y compartió algunas reflexiones respecto a las complejidades particulares de su profesión en estos tiempos de posverdad, la importancia de la ciencia y su comunicación, y la situación actual del campo científico, a la que definió como “dramática, trágica, oscura y deplorable”.
“Nunca en 40 años se vio algo así, dicho no solo por mí, sino por científicos, científicas, próceres de la ciencia local y estudiosos de la historia de la ciencia. Nunca se vio el nivel de destrucción que se está viendo ahora”, dijo.

Bienvenida a Río Gallegos y a la UNPA. “Ciencia en tiempos de posverdad” es el tema que nos convoca en esta oportunidad, ¿qué nos podés anticipar de la conferencia?

Muchas gracias, es la primera vez que vengo. En esta ocasión quería desarrollar cómo fue cambiando nuestra relación con la ciencia; podríamos decir que el punto crítico que empezó a cambiar todo fue la pandemia, donde el periodismo científico se tuvo que enfrentar a nuevos desafíos vinculados a la velocidad con la que se daban a conocer las investigaciones, muchas veces sin pasar por una evaluación o el referato de pares. A partir de ahí, todo el mundo empezó a opinar.
Hoy día, la enorme influencia que tienen las redes sociales y últimamente la inteligencia artificial agregan más dificultades para ejercer un periodismo científico riguroso y claro, que le dé oportunidades de tomar buenas decisiones a las personas que quieren informarse.

En este ámbito de posverdad, la velocidad se vuelve un factor clave. ¿Qué herramientas tiene el periodismo científico para asegurar veracidad, dar crédito de la información?

Son muchas, no se puede decir una sola, ni dos ni tres. Tienen que ver justamente con todo lo que hace a la formación de un periodista científico, y sobre eso trata la conferencia: sobre las herramientas que debemos tener en nuestra caja de herramientas para trabajar con los hechos científicos.
Desde nuestra profesión, los hechos científicos son noticias, es decir, no es lo mismo divulgar la ciencia o enseñar ciencia. Muchas veces se confunde la tarea de divulgar la ciencia —donde uno toma un tema y lo explica— con la tarea periodística que consiste en trabajar con una noticia. Una noticia tiene ingredientes como la actualidad, el interés para un gran número de personas, la sorpresa y la exigencia de trabajarla en un tiempo muy reducido, además de su posible pertenencia a múltiples áreas disciplinares. Nuestro trabajo no es hacer pedagogía, no consiste en explicar la “composición del átomo”, sino que exige una formación particular, así como lo tiene el periodismo deportivo, por ejemplo. Imagina si yo voy a hacer los comentarios en un partido de fútbol, seguro que voy a hacer un gran papelón. Acá no basta con “saber mucho”. Es común pensar que médicos o científicos de cualquier área ya están habilitados para hacer periodismo científico, cuando no es así: una persona puede saber mucho de un tema y cometer grandes errores en otros que no son de su especialidad.
Como tal, el periodista científico consulta con muchas fuentes, verifica si hay conflictos de interés, cultiva un idioma específico sin jerga pero sin perder rigor, cuida los números dándoles contexto y pone cada hallazgo en perspectiva dentro de una historia que avanza en una dirección. En definitiva cuenta historias, no solo el resultado: cómo se llegó a él, por qué ese resultado es atendible o de evidencia sólida, entendiendo que también hay “mala ciencia”, ¿no?

Luce como una profesión que funciona en los umbrales, entre los científicos y los periodistas. ¿Cómo es la convivencia del periodista científico con estos mundos? En tu experiencia, ¿te encontraste con algún muro?

No hay una pared, pero hay que tener conciencia de que para hacer periodismo científico hay que formarse en las cualidades necesarias: porque no es lo mismo dar una conferencia para colegas que escribir noticias científicas para personas no entrenadas. No por graduarse de biólogo se está habilitado automáticamente para ser periodista científico –porque, obviamente, no todas las noticias van a ser de biología–.
Por supuesto que un profesional va a tener un conocimiento sólido sobre su especialidad, pero tiene que además agregarle las cualidades específicas de los periodistas. Puede ocurrir que haya un profesional excelente, muy conocedor de su campo, pero que sea incapaz de comunicar sus hallazgos al carecer de las habilidades propias del periodismo, vinculadas también a los protocolos de chequeo que, en la época de la posverdad, son aún más imperativos.

¿Qué observaciones hacés sobre la situación actual de la ciencia argentina?

Estamos en una situación dramática, trágica, oscura y deplorable. Nunca en 40 años se vio algo así, dicho no solo por mí, sino por científicos, científicas, próceres de la ciencia local y estudiosos de la historia de la ciencia. Nunca se vio el nivel de destrucción que se está viendo ahora, sin ningún tipo de respeto por el conocimiento e instituciones que costó mucho generar y que se disuelven a la vista de todos como si no pasara nada. Lo que se destruye en un día puede llevar décadas reconstruirlo.

Históricamente, el desarrollo de la ciencia y la tecnología se ha dado de manera despareja en el amplio territorio nacional, y si bien han existido políticas científicas y económicas que buscaron revertir esto, hoy vemos una ausencia. ¿Cómo puede impactar al país la falta de este tipo de políticas y de financiamiento?

Cuando el Estado se hace a un lado, las asimetrías en ciencia y salud se ahondan.
Como mencionás, han existido en gobiernos pasados políticas activas de desarrollo. Por ejemplo, durante la última etapa de la presidencia de Alberto Fernandez, Daniel Filmus –como Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación– había lanzado una serie de proyectos estratégicos que buscaban reparar esa asimetría. En ese momento, el 85% de los investigadores e investigadoras estaban en Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. En un intento por difuminar esa presencia por todo el país, mediante la Ley de Financiamiento de la Ciencia, no solo se promulgó elevar la inversión de manera creciente año a año (hasta llegar al tope del 1% del PBI en 2032 –siguiendo recomendaciones de la UNESCO–), sino que reservó un 20% de dicho incremento para distribuirlo federalmente entre las provincias. A partir de esa decisión, provincias como Santiago del Estero y Formosa comenzaron a organizar sus secretarías de Ciencia y Tecnología.
Otros proyectos pusieron a disposición un financiamiento de un millón de dólares (a distribuir en 4 años) para centros de excelencia como Buenos Aires, Córdoba o Santa Fe, con la condición de su asociación con otros polos periféricos en provincias menos favorecidas, con la idea de que los primeros sirvan como locomotora capaz de arrastrar el desarrollo local conjunto. Este mecanismo tuvo un efecto fertilizador y terminó de impulsar nodos como el centro del litio en Jujuy, el Balseiro en Río Negro o la astronomía en San Juan. La experiencia demostró el talento que existe en las provincias, que muchas veces no puede explotarse por la falta de tradición o recursos.
Sin embargo, llegó esta gestión con el presidente y quienes lo acompañan, buscando destruir el pensamiento crítico, según lo deja claro su ataque a las universidades nacionales y al sistema científico, los grandes reductos del pensamiento crítico del país, donde investigadores e investigadoras piensan en el conocimiento y en el bien público, en desarrollo de un pensamiento soberano.

¿Qué tan grande ves este daño? ¿Creés que será algo reparable?

Cuanto más tiempo pase más irreparable será, aunque es posible volver.
Ya hemos enfrentado situaciones similares. Cuando en 2015 se detuvo el proyecto del lanzador de satélites en la Universidad Nacional de La Plata, de 150 personas se fueron 75: no solo se van las personas, sino que también se desarman los equipos de trabajo. El entonces decano, el doctor Marcos Actis –hoy rector de la Universidad–, me había dicho, “Mirá, cuándo se reanude el financiamiento, recomponer esto nos va a llevar dos años más, porque vamos a tener que volver a formar los equipos, y habrá que conseguir tecnología nueva según vaya avanzando”.
Se pierde, además, el conocimiento específico difícil de recuperar: en el Ministerio de Salud se despidió a la persona capacitada en la cadena de frío de vacunas y en la compra de insumos, y en la Comisión Nacional de Energía Atómica se están yendo profesionales y técnicos con 10 o 15 años de formación altamente especializada, expulsados por sueldos que están debajo de la línea de pobreza. Se trata de personas que no son reemplazables, personal altamente formado que no vuelve a aparecer con un simple aviso en el diario; y ocurre en áreas sensibles, difíciles de dominar, sin margen de error. En estas condiciones deplorables es normal que mucha gente se vaya del país.

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